CARTAS Y COLABORACIONES
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Queridos amigos: En primer lugar he de deciros que me levantó el ánimo y emocionó ver vuestras páginas de Internet. ¡Enhorabuena por vuestro valor y hombría de bien! Bien sabéis que os estáis jugando la vida. Esta España democrática garantiza la libertad de expresión, mas sólo la garantiza si es políticamente correcta, categoría en la cual no entra, por supuesto, el declararse y sentirse español. Estamos viviendo, y sobre todo vosotros, una guerra que supera en duración a la de los treinta años. Confiemos en que la Misericordia Divina impida que iguale a la de los cien años. La única diferencia es que la vileza de nuestros gobernantes, de cualquier pelaje, se refugia en la expresión de banda terrorista y no recogen el guante y admiten que es una guerra declarada por una banda de asesinos esquizofrénicos a la que hay que hacer frente con todas las fuerzas a nuestro alcance. El asunto viene de bien atrás. No conviene olvidar que el añorado Duque de Suárez declaró a las ikastolas entidades de utilidad pública. ¡Bien se ha visto lo útiles que han sido!. ¡Loor al Duque! Particularmente a mí me asquea el oír hablar continuamente del Estado de Derecho. ¡Vaya Estado de Derecho en el que cualquier desharrapado puede matar a cualquier persona decente, sin exponerse más que a unos añitos de cárcel y, eso sí, bien cerquita de sus parientes para que les puedan llevar bombones los días de visita! La primera obligación de un estado, aunque sea de derecho con minúscula es garantizar la vida de sus ciudadanos. Todo lo demás es una filfa. El celebrado Estado de Derecho tampoco ha impedido que multitud de vascos hayan tenido que abandonar su tierra para poder conservar su vida y poder disfrutarla con una cierta tranquilidad. Tampoco comprendo cómo no se les cae la cara de vergüenza a nuestros políticos con sus continuas prédicas de serenidad, serenidad... Claro está que para sentir vergüenza, hace falta tener un pudor del que, por desgracia para todos nosotros, carecen. El ejército español lo tenemos en misión de paz en los Balcanes, problema, a lo que se ve, vital para nuestros intereses. ¿No prestaría misiones más importantes de paz en las Vasongadas? Baltasar Gracián dió hace siglos una magistral receta: Contra malicia, milicia. Os recomiendo la lectura de una magnífica obra de un inglés educado en San Sebastián y redactada directamente por él en español. Su nombre es Edwawd Rosett y la obra se titula "Los Navegantes". Es la historia de la vuelta al mundo de Juan Sebastián Elcano y de la ocupación de las Filipinas por el gran Miguel López de Legazpi, con menciones continuas a otro gran vasco, Andrés Urdaneta. ¡Lástima que Don Sabino Arana (al que Dios perdone) no alcanzara a poder leerlo!. Para él y sus dignos discípulos todos ellos serían enemigos declarados de España, al igual que San Ignacio de Loyola quedaría cojo al tratar de conquistar Pamplona para Francia y que Cosme Damián Churruca moriría heroicamente combatiendo codo con codo con Nelson contra España. ¡Qué ignorancia y qué odio, Señor! Según mis noticias, al final de sus días el susodicho Arana Goiri se retractó de sus delirantes aberraciones. Sólo he podido leer una púdica alusión a su giro españolista el el lazo melancólico de un profesor de la Universidad del País Vasco y cuyo nombre no recuerdo ahora. ¿Es esto cierto? Lo que sí me consta es que la viuda del ilustre Sabino honró su memoria contrayendo nuevas nupcias con un sargento de carabineros (¡horror!) maketo. La libertad de expresión impide contar la historia auténtica. Otra mentira más con la que nos obsequian nuestros politicastros de toda ralea y sus lacayos de la televisión y de la prensa ante cada nueva víctima de balas o bombas asesinas, es que han caído por su condición de demócratas. Ni una sola vez se les escapa el dar la verdadera razón: el ser españoles. Finalmente mi cariñoso recuerdo a las compungidas madres de mayo, tan jaleadas por nuestros medios de comunicación, y a los ignorantes del IRA. Se ve que han mamado de Sabino y herederos la idea de que España despojó de sus tierras a los vascones, trató de imponerles otra fe y los condenó a la miseria, tal como hizo Inglaterra con Irlanda, ¡Qué ignorancia!. ¡Qué el Señor se apiade de nosotros, que falta nos hace!. No me extiendo más. Únicamente que sepáis que os admiro y que estoy con vosotros. Si en algo puedo ayudaros, contad conmigo. Un abrazo muy fuerte, hermanos.
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Hola amigos... Os escribo desde San Sebastián y creo que he dejado de pensar que estoy solo. Sí... ha sido vuestra culpa y os tengo que estar profundamente agradecido. Gracias a personas como vosotros, estos cuatro hijos de puta no se van a salir con la suya. He solicitado una dirección de correo que se llama VOPsolidario, pero todavía no esta operativa. No se dónde vi una sección que trataba de desenmascarar a estos Ovejos espero que me la hagáis llegar. A partir de este momento hago mías las siglas VOP y espero que en el futuro me mantengáis informado del mayor numero de cosas posibles. Perdonad mi dirección de correo pero es la que tengo no oficial. Un abrazo y ¡¡¡adelante !!!
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| LOS VASCOS, SU LENGUA Y SU HISTORIA (Jorge Olavarría - Diario El Nacional de Caracas) No hay vasco que no jure y asegure que todo vasco es noble, libre y sólo igual a otro vasco, y esté convencido que los vascos son mejores, más fuertes, más valientes y más nobles que cualquier otro pueblo. Nobleza, libertad e igualdad parecieran estar enterrados en los cromosomas de la dura y fuerte idiosincrasia de este singular pueblo hispánico. En 1799, Wilhelm von Humboldt, después de visitar Vizcaya y Guipuzcoa, le escribió a su amigo Wolfgang Goethe: "Nunca he visto un pueblo que haya conservado un carácter nacional tan fuerte como los vascos". Todo aquel que viaje, vea y viva el País Vasco, concuerda con esto. En 1794 el americano John Adams, atribuyendo la prosperidad de los vascos a su amor por la libertad, decía: "Este extraordinario pueblo ha conservado su lengua, genio, leyes, gobierno y costumbres, más tiempo que ningún otro pueblo europeo". Todas las lenguas aborígenes de la Iberia pre-romana se extinguieron. Una que otra palabra celtíbera queda por allí, flotando en el léxico de las lenguas romances hispánicas como testimonio de su presencia histórica. Todas menos el euskera, la única lengua prelatina viva. Lo serio de este misterio que historiadores y filólogos no han podido explicar, es que el enigma de la lengua vasca ha tomado un significado político perturbador de la comprensión de su realidad histórica, en los raciocinios que intentan partir del absurdo de negar la hispanidad de los vascos, sin reconocer que sin ello los vascos, no serían lo que son y fueron. Los hechos históricos incontrovertibles son que sobre las verdes montañas del País Vasco, que tan visiblemente se distinguen de la meseta castellana, y terminan en el golfo de Vizcaya, cayeron sucesivamente en el curso de 2.000 años, cartagineses, romanos, alanos, suevos, visigodos, francos y moros. Siendo el último rincón de Iberia en ser romanizado, el País Vasco no fue totalmente sometido por el Islam. Allí está el hecho germinal de la hispanidad de los vascos, pues fue en su región y su contorno, donde se formaron los pueblos nucleares de Castilla y Aragón, motores de la recuperación de las tierras godas perdidas a los moros en el siglo VIII. Dentro de ese proceso de repoblación y reconquista de siete siglos, nacieron los reinos ibéricos y se formaron las lenguas romances de castellanos, aragoneses, catalanes, gallegos y portugueses. La cuestión clave, para desentrañar el enigma del euskera y desvirtuar las falacias distorsionantes que se han construido a partir de ellas, es entender que mientras los pueblos hispánicos de Iberia nacieron en proceso, los vascos renacieron y nacieron con él. LOS VASCOS Y LOS PUEBLOS HISPÁNICOS Navarros y vascos están de lleno metidos en los procesos germinales de Castilla, de Aragón y de España. Por ejemplo, la interacción del pequeño reino de Navarra con el Califato de Córdoba en los siglos IX y X, es uno de los episodios más ilustrativos del proceso formativo de Castilla, que adquiere jerarquía de reino a partir de entonces. En el siglo XV, los vascos -a diferencia de los catalanes- no sufrieron con la unión de Castilla y Aragón. Por el contrario, el partido que tomaron las provincias vascongadas en la guerra entre Isabel y Fernando y Alfonso V El Africano de Portugal, los castellanos partidarios de La Beltraneja, y el rey Luis XI de Francia, les ganó el favor del triunfador y el reconocimiento de sus fueros, jurados solemnemente el 30 de julio de 1476 por Fernando bajo la sombra del roble de Guernika. Para ese momento, en catalán se habían escrito los colosales monumentos de Ramón Llull y Muntaner y se estaba escribiendo El caballero Tirant Lo Blanc. En euskera no se había escrito nada. Muy distinta habría sido la suerte de los vascos -y la de Isabel y Fernando- si éstos hubieran estado del lado del rey portugués y no hubiesen sido aliados de la reina castellana y el rey aragonés y no hubiesen detenido en Fuenterrabía al ejército de Luis XI. El hecho fue que los vascos fueron el apoyo más constante y decisivo, de Isabel y Fernando, en sus momentos más difíciles. Ello ayudó a que, conservando sus fueros, los vascos disfrutaran de eminentes posiciones de prestigio, poder y privilegio, desproporcionados a su población, a partir del momento cuando Castilla conquista Granada en 1492, y en el siglo XVI absorbe a la mayor parte de España y engulle al nuevo mundo y el castellano llega a los niveles de perfección y belleza de su "siglo de oro". Un divertido pero muy fiel y veraz testimonio de esta realidad, lo da Sancho Panza, cuando en su carácter de gobernador de la Insula Barataria pregunta: "¿Quién es aquí mi secretario?", a lo cual uno de los presentes responde: "Yo, señor, porque se leer y escribir, y soy vizcaíno...". "Con esa añadidura" -comenta Sancho- "bien podéis ser secretario del mismo emperador". Los vascos -a diferencia de los catalanes- no estuvieron excluidos de la conquista de América. Para todo efecto legal y práctico los vascos eran súbditos del rey de Castilla. A pesar de su reducida población -nunca han sido muchos- las individualidades vascas destacan en el descubrimiento y la conquista de América. El navegante que realiza la mayor proeza de navegación de todos los tiempos, fue el vasco Juan Sebastián Elcano. Acompañando a Magallanes fue él, quien por elección de la marinería sobreviviente, capitaneó el primer viaje de circunferencia del mundo, cuando el irascible portugués murió flechado. El más loco de todos los enloquecidos conquistadores fue el vasco Lope de Aguirre. Descendiendo de las alturas de los Andes peruanos, Aguirre bajó por el Marañón y el Amazonas hasta salir al mar y por allí llegó a la isla de Margarita en las costas de Venezuela, donde el fantasma del Tirano Aguirre todavía espanta sus playas y al poblado de Puerto Fermín, se le llama alternativamente El Tirano. Y si este vasco fue cruel y sanguinario, otro vasco fue el santo y bondadoso primer obispo de México, Juan de Zumárraga, defensor de los Indios, cuya carta a Carlos V es uno de los documentos cimeros de la historia de la defensa de los derechos humanos. El Paraguay fue colonizado por el vasco Irala, México occidental por el vasco Francisco de Ibarra, las Filipinas por los vascos Legazpi y Urdaneta. El papel de la Compañía Guipuzcoana en la formación de Venezuela en el siglo XVIII fue decisivo. El más universal e inspirado caudillo de la emancipación de los pueblos hispánicos de América, Simón Bolívar era descendiente de vascos; Urdaneta, y Arizmendi, fueron los caudillos de los dos extremos oriental y occidental de una Venezuela que se estaba formando. El último y más feroz caudillo realista de la guerra de emancipación americana, que murió en el Alto Perú peleando por un rey que no se lo merecía, fue el vasco Pedro Olañeta. Con mucha razón el vasco Miguel de Unamuno, ve la presencia vasca en la formación de los pueblos hispánicos de América, como el principal factor de su personalidad histórica. No anda descaminado. La historia de Chile y la de Venezuela no podrían escribirse si excluyen de su quehacer, a los inconfundibles apellidos vascos. Yo mismo, humilde escribidor, con mi apellido vasco a cuestas que ya va para dos siglos y siete generaciones que pasó a esta orilla del Atlántico, me siento vasco, me creo vasco y de tanto sentirme y creerme siento como mío al pueblo de donde salió uno de mis remotos abuelos. En todos los procesos históricos y culturales de Castilla del siglo VIII al XVI y los de España y América del siglo XVI a nuestros días, los vascos tuvieron posiciones de enorme peso y relevancia política, cultural y religiosa. Pero a diferencia de los catalanes, los vascos no sufrieron -en calidad de entidad regional o cultural- ninguna catástrofe política, hasta su adscripción al partido Carlista en los conflictos que se iniciaron en la guerra civil de 1833 a 1840; que se repitió en 1872 y que se metastaseó en la espantosa y fratricida guerra que estalla en 1936, cuando un sector predominantemente navarro, los "requetés" Carlistas, se sumó a la rebelión franquista, mientras varias personalidades y partidos vascos apoyaron, lucharon y murieron por la República, como extremos de una realidad más compleja, en la cual no hace falta meterse para demostrar lo que aquí razono. LOS VASCOS DEL SIGLO XIX Por una y mil causas, a mediados del siglo XIX, se produjo un intenso proceso de industrialización del País Vasco, menos intenso o ausente en el resto de España, salvo Cataluña. En poco tiempo con el hierro de sus minas en Vizcaya y Guipúzcoa se fabricó acero y con el acero vasco, los vascos construyeron barcos, bicicletas, armas, maquinarias y ferrocarriles. Desarrollando un talento financiero conspicuamente ausente en Madrid, que antes y después de la "restauración" había pasado de ser un molesto y soportable quiste de burócratas a convertirse en un insoportable tumor de parásitos, los vascos especialmente los bilbaínos, organizaron bancos que financiaron telares, fábricas de papel y empresas de toda índole, generando una riqueza que la perezosa burocracia madrileña dilapidaba alegremente. Una formidable generación de empresarios vascos, modernos, eficientes, trabajadores -entre los cuales se destacaron Víctor Chávarri, la familia Ybarra, Horacio Echavarrieta, Eduardo Aznar, Federico Echavarria, y muchos más- crearon riqueza y prosperidad. Con ello, la población vasca, siempre equilibrada o en merma, por la constante emigración de vascos a todas partes del mundo, se enriqueció y con ello, creció su animadversión por el estéril centralismo de Madrid. Ello se enredó con los movimientos románticos de autonomía cultural propios del siglo XIX como la Renaixensa catalana pero se envenenó de un nacionalismo xenófobo racista y enfermizo. La curiosa singularidad de la historia y la cultura del pueblo vasco -indudable e innegable- empezó entonces un proceso de idealización y tergiversación y falsificación que condicionó la visión demencial que de ellos mismos tomaron algunas minorías de las nuevas generaciones de vascos, que llevaron a algunos grupos a transitar por los peligrosos caminos del fanatismo nacionalista que conducen al abismo de la violencia irracional que como cáncer maligno, se nutre de su propio veneno. LA FALACIA DEL EUSKERA Si es cierto que los derechos históricos forales vascos son innegables y su fuerte carácter regional les otorga un derecho histórico a la autonomía de su gobierno local como la que han logrado y hoy disfrutan; a diferencia de Cataluña y del catalán, con la lengua vasca no había ni hay nada que hacer "renacer" porque no hay, ni ha habido nunca, nada que merezca llamarse "literatura vasca". Los derechos forales vascos se escribieron en castellano. El primer libro escrito y publicado en lengua vasca vio la luz, con la rareza de un fósil en 1545, cuando el quechua, el aymará, el nahua, el tolteca, el maya y el guaraní -que eran y son lenguas más ricas, expresivas y desarrolladas- eran vertidas al alfabeto fonético castellano y transcritas o traducidas sus expresiones literarias a la lengua de Castilla y vaciadas en ellas los catecismos y leyes del nuevo orden hispánico de América. Nada de eso sucedió en el País Vasco, porque no era necesario. Las crónicas históricas de Castilla y Cataluña se escribieron por orden de sus monarcas en el siglo XIII en castellano y catalán. Las primeras historias regionales de las provincias vascas, son una artificialidad propia del siglo XIX, y no una genuina expresión de realidades. La primera sistematización de la lengua vasca, que no merece el nombre de gramática, fue la del jesuita Manuel de Larramendi, del siglo XVIII. El enigma de su origen llevó en 1815 a Juan Bautista Erro al disparate mayúsculo de afirmar que el euskera era la lengua de Adán. El innegable hecho que no existen expresiones literarias vascas ni nada en lengua vasca que se parezca ni remotamente al Cantar del mío Cid o al Quijote en castellano, a Os Lusíadas en Portugués, ni a la colosal obra del formidable Ramón Llull, las Crónicas de Muntaner o al Tirant lo Blanc de Martorell en catalán o al Popol Vuh de los mayas, se intentó contrariar creando una literatura artificial e indigestible para nadie por lo fea, tosca y dura e ilegible para la mayoría de los vascos. La verdad es que si no hay, ni ha habido literatura vasca escrita en lengua vasca, sí ha habido y hay una riquísima y hermosísima literatura vasca escrita en castellano. En esa literatura vasca se expresa con el poder, la riqueza la belleza y la universalidad del castellano, la fuerte personalidad e idiosincrasia del pueblo vasco. El carácter vasco se manifiesta en la vida y la obra de un Ignacio de Loyola. Su ascetismo, su disciplina, su fervor, su autoritarismo, son vascos, ¡vasquísimos! Si Ignacio de Loyola hubiera escrito sus Ejercicios espirituales o los Estatutos de la Compañía de Jesús en euskera, ni los jesuitas habrían sido lo que fueron, ni Ignacio de Loyola, habría sido el vasco más famoso e influyente de la historia. Y el que no lo escribiera en vasco, no le resta un gramo al vasquismo de la vida y la obra de Loyola. Ni uno. El carácter y la vida de los vascos se expresa torrencialmente en las obras del vasco Pío Baroja -para mi gusto- el más grande novelista español del siglo XX. Ninguna obra escrita en la tosca y pétrea lengua vasca podría jamás expresar lo que Baroja trasmite de los vascos en sus Trilogías de la tierra vasca, La casa de Aizgorri, El mayorazgo de Labraz o Zalacaín, el aventurero. Los agridulces personajes barojianos, unos desequilibrados, otros aventureros de alma generosa y noble, todos de un humor y una conducta lógica y a la vez absurda, son lo más vasco que pueda darse. LAS MENTIRAS DE SABINO Pero cada cabeza de vasco es un mundo y cada pluma vasca pinta a su pueblo y escribe su historia, no como fue, sino como quisiera que hubiese sido y quiere que sean. Pío Baroja pinta a los vascos como un agregado contradictorio de carlistas y anarquistas, aventureros del mar y contrabandistas de la montaña, ilusos y pragmáticos. Ramiro de Maeztu, interpreta el dinamismo económico vasco del siglo XIX como el factor esencial de la historia vasca. Unamuno ve la historia vasca como parte esencial e integral de la historia castellana, y como tal, parte integral de la historia de los pueblos hispánicos de España y de América. En el variado menú de literatura vasca, mi gusto se inclina a favor de quien veo como el mejor y más cabal intérprete del significado histórico de Castilla en la formación de los pueblos hispánicos y de la participación que en ella tuvieron los vascos: el vasco Miguel de Unamuno. Desde Ramón Llull, en el siglo XIII hasta Andrés Bello en los comienzos del siglo XIX, los pueblos hispánicos no han producido un genio enciclopédico de las letras más universal, más rico, más variado, más atractivo que el vasco Miguel de Unamuno. Y no hay vasco que sea más vasco que Don Miguel ¡mecáchis! En el otro extremo del desacierto, y fuera del campo de la interpretación histórica filológica o literaria -no podría estar dentro de ella- en el siglo XIX, aparece Sabino Arana (1865-1903) creador de un movimiento político que definía a los vascos como nacionales de un país con un derecho natural y racial a la secesión y la independencia de España. Arana olvida el aporte vasco a su creación y engrandecimiento, y niega que fuera parte de ella. Así fue como en un momento histórico fértil para la germinación de disparates parecidos, Sabino Arana sembró el veneno de una república vasca independiente, constituida por siete provincias, formada por Vizcaya, Guipuzcoa y Alava, las tres provincias vascas francesas, y falsa y arbitrariamente, a Navarra. Cuando el esperpento del orden político creado por Cánovas del Castillo colapsó en la dictadura militarista y cuasi fascista de Miguel Primo de Rivera en 1923, y ello llevó a la caída de la monarquía en abril de 1931, un sector del separatismo vasco pensó que era su hora en la II República Española, que surgió de allí. Sin entrar en muchos detalles, este contexto histórico-político, fue favorable para que un grupo de poetas vascos; Lizarde, Lauxeta, y Orixe, intentaran la tarea de inventar una literatura vasca que en el milenio de su existencia no se había producido. La guerra que estalló en 1936 y el bombardeo de la histórica población de Guernica por la aviación nazi aliada de las fuerzas nacionales, cuyo recuerdo todavía hace vibrar la indignación a toda persona sensata y sensible, fue -en todo sentido- una tragedia cuyas repercusiones se sienten en nuestros días. Sin dejarme arrastrar por la alienante polémica política, que no tiene cabida en un ensayo de estas dimensiones y propósitos, el hecho fue que, sea cual fuere la opinión que se tenga y el lado que se ocupe en la cuestión autonómica de los vascos, lo cierto es que la lengua vasca es el castellano. No hay movimiento político, por más exitoso y popular que sea, o por más violencia que practique, que pueda rehacer la historia al extremo de inventarla, y mucho menos, que pueda darle a la lengua vasca una historia que no tiene y unas expresiones literarias que nunca tuvo. Todo intento por imponer tamaña artificialidad coactivamente, es un salto atrás. El euskera es un anacronismo sin pasado ni futuro posible. Encerrarse en una lengua pobre, apta para servir de lengua clandestina de contrabandistas y guerrilleros, inadecuada para recoger o expresar cultura, es el mayor desatino imaginable. La lengua del pueblo vasco ha sido, es y será el castellano. Punto. En ella se expresaron Ignacio de Loyola, Pío Baroja, Ramiro de Maeztu, Miguel de Unamuno y tantos otros, que son la mayor y más auténtica gloria del pueblo vasco y que como tales, son honra y patrimonio de la cultura de todos los pueblos hispánicos.
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| LAS FEROE (Martín Prieto - Diario El Mundo) Mientras se engrasaba el retroceso de la parabellum con que iban a descerebrar a Ernest Lluch, Carlos Caballero, ex diputado del PNV, escribía en Deia, órgano de su partido, un recordatorio sobre la Historia de las islas Feroe, 45.000 habitantes, autonomía danesa, allá donde el viento da la vuelta, en los confines de Islandia, y su presumible independencia, acabando con el siguiente dictamen: «Contrasta fuertemente la actitud mantenida por un Estado de larga tradición democrática como es la monarquía danesa, con la actitud de la monarquía bananera que todos conocemos y sufrimos».(*) Tan fino análisis no es casual sino tónica de un diario tras cuya lectura ya no es preciso desayunarse el sapo de Gara, hijo dilecto de Egin, y en el que mejorando la oferta alemana de Arzalluz se ofrece bondadosamente la doble nacionalidad a los españoles vascos no independentistas. Cuando introducían en la recámara el primer nueve largo que iba a impactar contra la nuca de Lluch, en la radiotelevisión vasca, se tildaba de buitre al Príncipe, teniéndose el regüeldo por chiquillada venial. Y al tiempo que Lluch terminaba de dar sus clases para retirarse a su domicilio, el santo varón de Iñaki Anasagasti, el moderadísimo embajador del PNV en Madrid, daba por supuesto que el Rey sólo lo era de una parte de los españoles. Así, el brillante lehendakari Ibarretxe, en el enésimo hervor de su caldo de cerebro, sugería la mediación del padre bananero del buitre en el conflicto vasco para recular ante el cadáver del ex ministro socialista y quedarse a cubierto en Vitoria, no asistiendo a la conmemoración de las Cortes españolas, donde nadie le habría ofendido pero en las que se hubiera cruzado con miradas acerbas ante un plan de paz como el suyo consistente en sentarse todos a dialogar sobre el calendario de la independencia del País Vasco. Independentismo que se reclama de la prehistoria y siempre ronronea alrededor de ese pacto medieval con la Corona para, en el mejor de los casos, hacer de España una Commonwealth en la que Euskadi fuera una Nueva Zelanda poblada sólo por maoríes puros. El Rey ya arbitra, recibe información y da consejo, pero no será el que trocee España para complacer a la minoría independentista en la guerra civil vasca que nos salpica. Por la Historia y el olfato borbónico, el Rey sabe que no son clementes los vientos de San Sebastián donde se urdieron pactos contra su abuelo. El Rey sabe que si ratifica con su firma la secesión de una autonomía habrá puesto a andar el reloj de la III República con lo que quede de España, yéndose al garete la institución bananera de 25 años que tanto padecen los hijos de Arzalluz. Tras la manía del referente lituano, permanezcan atentos a la evolución de las islas Feroe. (*) BANANA: Fruta de origen tropical, parecida al platano, más grande y de peor calidad. Se cultiva en la parte oriental del Cantabrico.
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