CARTAS Y COLABORACIONES
de la 151 a la 160
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Os siento dentro de mí como la sangre dentro de las venas. Rezo para que esta situación
tenga un rápido fin y podáis expresaros libremente sin vigilar al vecino. No tengo nada
que brindaros, solamente 5 litros de sangre que pongo a disposición de vuestra causa.
Os deseo suerte y os considero como hermanos. La suerte os acompañe.
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| FROM THE BASQUE COUNTRY (Un vasco)(*) Sí, from the basque country o sea (desde el país vasco), y no como en el patético espectáculo que ofrecieron las falsas giraldillas del mundial de atletismo de Sevilla en las que se podía leer "repatriation BASK PRISIONERS" porque BASK no es lo mismo que BASQUE o sea que no les salió bien del todo a las putos etarras. Bask en inglés quiere decir calentarse, estarse expuesto al sol, a un calor agradable, es decir, calentarse o tomar el sol. Pues quería comentaros cuál es el ambiente que se respira aquí, todo el mundo está pendiente de las urnas del próximo día 13, existen poblaciones en las que los ciudadanos no van a poder votar libremente porque son pequeños núcleos de población en los que todos se conocen, además la mayoría de la gente no esta dispuesta a aguantar otros 4 años de legislatura de nazi-onalismo, así que como no ganen el PP o el PSOE, los que puedan se marcharán. Por otra parte está la huelga que tienen convocada los batasunos para el día 10, ya han empezado a repartir por los comercios y empresas panfletos en los que piden adhesión a la huelga y en los que cada comerciante debe de adherirse con su firma, además se pasarán a recogerlos. También estamos viendo cómo en los plenos de los ayuntamientos el ambiente es cada vez más espinoso, la chulería de los de EH sobrepasa el límite, han aparecido vestidos de saharauis, con camisetas a favor de los presos asesinos y con camisetas de los payasos asesinos de Lasarte. Tan solo manifestaciones como las de BASTA YA, como la del jueves pasado, alimentan la esperanza de que algún día todo esto acabará. (*)Enviado por el Grupo La Paloma |
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Os escribo desde Palencia, una pequeña ciudad de Castilla y León. Aquí todavía impera un cierto espíritu conservador; sus gentes son tranquilas, amables en general, con valores basados en la familia, el trabajo... Cuando alguien llega desde cualquier punto de la geografía se le acoge y ayuda, ofreciendo toda su hospitalidad y sobre todo se le hace partícipe de la cultura de su pueblo de la cual se siente orgulloso... Se nos llena el corazón cuando alguien contempla boquiabierto el Canal de Castilla, la Catedral, las bodegas del siglo XIII... O disfruta comiendo un lechazo regado con un buen Ribera del Duero. Nos gusta que la gente venga y admire. Digo esto porque aquí, como supongo que pasará en todos los sitios de España, no comprendemos ese cerramiento de algunos vascos para impedir la entrada de los "españoles" a disfrutar de esa tierra tan rica en cultura, gastronomía, etc. ¿Por qué se empeñan en cerrarse? ¿Qué tienen esas tierras para querer separarse del todo que formamos la unidad española? ¿Por qué no se sienten españoles?. Es muy triste, y como te digo aquí imposible, comprender esas posibles razones que les llevan a odiar a resto del territorio. Aquí en Castilla adoramos al resto de España y llevamos con orgullo nuestra nacionalidad a cualquier parte del mundo. Creo que se trata de una mafia que pretende engañarnos hablando de "raza superior" y otras gilipolleces. ¿Qué raza es la que asesina a alguien POR LA ESPALDA, sólo porque es contrario a sus ideas? Que se larguen. Que se larguen y dejen vivir en paz a los españoles normales. Que se compren una isla y hagan como en Gran Hermano, todos allí metidos todo el día. De esa manera se pueden extorsionar entre ellos, pornerse coches bomba entre ellos y mandarse cartas pidiéndose a sí mismos el impuesto revolucionario... A ver que tal les sienta... Además pueden llevarse a Arzallus de presidente de la isla (que estaría muy contento con el cargo), a Arnaldo Otegui de Ministro del Interior, crear su propio ejército, que en eso ya tienen experiencia... Y cuando intenten mantener relaciones comerciales con el resto el mundo, pues muy bien. ¿Que quieren morcillas de Burgos? a 10.000 pesetas el kilo; las naranjas, a 30.000 el kilo; los plátanos, a 8.000 el kilo... ¡Pero, por favor! si es que da pena oír hablar a Arzallus, encubriendo su odio hacia todo lo no-vasco, maquillándolo con palabras dignas del fascista mayor del mundo... En cierto modo si le ponemos bigote, ¿no se parece a alguien? ¿Ya se le ha olvidado a este personaje que estuvo a punto de entrar en las filas de ETA? En fin, espero que os sirva de algo estas reflexiones de un madrileño emigrado a Castilla y que se siente como en casa Un abrazo.
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Desde Alicante os escribo para daros todo mi apoyo frente a los violentos. Hay gente que vive mirando el pasado en vez de mirar el futuro y parece que sólo algunos vascos sufireron la dictadura de Franco. Mis abuelos también la sufireron sólo por no ser del bando ganador pero nunca me inculcaron el odio a mis vecinos. Creo que la gente del País Vasco que se deja llevar por los nacionalistas (violentos o no) no se dan cuenta de que éstos sólo quieren controlar el poder y les da igual qué argumento esgrimir. En Euskadi estas personas han inventado la excusa de la opresión cultural histórica... Bueno, entre personas inteligentes y en el año 2001, ¿quién se cree que aún ocurra?. Sólo los que no tienen otras inquietudes u ocupaciones. Espero que cuando muera esa generación (de viejos) se arregle algo pues creo que la mayoría de los jóvenes son bastante abiertos al mundo como para olvidar. Los de la "kale borroka" son los mismos que en Barcelona dan palizas a los indigentes o en Madrid a los moros. Ésos siempre tendrán excusas para la violencia, pero son los menos. Desde Alicante, todo mi apoyo.
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ASÍ ES UN MITIN DE EH (José Antonio Fúster)(*) Si un mitin de la formación proetarra Euskal Herritarrok viene a durar una hora y media y si los discursos más o menos incendiarios de sus líderes sólo ocupan unos pocos minutos... ¿a qué dedican el resto del tiempo? REPORTER asistió, entre el público, a un acto de EH en la localidad vizcaína de Guecho y tomó nota de que cuando Otegui deja de hablar, comienza un siniestro ejercicio de exaltación de los asesinos de Eta. Para asistir a un mitin de EH confundido entre sus simpatizantes, lo primero es adoptar una estética y una apostura abertzale o, lo que es lo mismo, ir un poco guarro (con perdón). El «disfraz», a ser posible, debe incluir alguna prenda reivindicativa, como una zamarra de la selección de Euskadi, una camiseta con mensaje publicitario de apoyo a los presos vascos o un jersey de deportes con alguna leyenda de firme e inquebrantable adhesión a la korrika (carrera por el euskera). En ausencia de ganas de gastarse la pasta en semejantes trapos, REPORTER optó por una camiseta de la muy afamada y muy vasca marca «Kukuxumusu» (de venta en establecimientos de la parte vieja de San Sebastián o en el propio aeropuerto de Fuenterrabía) y en la que se podía ver, en formación, a cuarenta ovejas de expresión bobalicona y, en medio, disfrazado de ovino, a un lobo sonriente. A esta camiseta, decididamente alegórica, le acompañaba una camisa de leñador arrugada, unos pantalones raídos y un «barbour» viejo, resabiado y con raspones. De esta guisa, y peinado a lo borrokilla, nos plantamos en la localidad vizcaína de Guecho con la intención de escuchar a tres de los primeros espadas de la formación proetarra. El primero, que más que espada es pistola, es José Urruticoechea, alias «Josu Ternera», antiguo jefe de Eta en los tiempos de la matanza de Hipercor. La segunda, Jone Goirizelaia, pequeña cabeza de lista del partido por Vizcaya y sobrina del obispo de San Sebastián, monseñor Uriarte. El tercero, cómo no, Arnaldo Otegui, líder de Euskal Herritarrok y ex miembro de Eta. Buen cartel, aunque siniestro, para un mitin proetarra el día de la libertad de información.
Lo primero es encontrar el teatro de Guecho y no es tarea fácil como se
deduce del resultado de preguntar a dos paseantes que «no tienen ni idea».
Pero, de inmediato, nos topamos con dos señoras mayores, y algo nos dice
que ellas tienen que saber dónde se van a juntar los proetarras (todo sea
porque llevan un cartel con la foto de un familiar preso para el que piden
«amnistia osoak» (amnistía ahora). Así que ponemos en marcha el
programa «hable como un abertzale» o, lo que es lo mismo, hable poco,
con cierta rudeza y sin síntomas de haber recibido una buena educación. «IMPOSICIÓN FASCISTA» No, no hace falta preguntar más. A medida que avanzamos, llega el sonido de la megafonía con la cantinela electoral de EH. A unos cien metros de la placita se escucha de maravilla la música alienante de EH y sus mensajes políticos: «contra la imposición fascista de los estados de España y Francia...». Así, llegamos a la plaza, y la primera impresión no es positiva. Frente a la puerta del teatro (que parece un cine de barrio antiguo y destartalado) se agolpan unas cien personas, viejos en su mayoría. Un poco más acá pululan unos 20 o 30 borrokas. La visión, ya en plena plaza, produce desasosiego (canguelillo, vamos). En comparación a las pintas de los amigos de la gasolina y el cóctel molotov, yo voy vestido de Armani (recordatorio: comprar chándal cutre, zapatillas deportivas raídas y perforarme las orejas para próximas ocasiones). Queda media hora para que empiece el acto, así que hay tiempo de sobra para establecer un primer perfil de los simpatizantes de Eta en Guecho. Lo primero que sorprende es que los proetarras que esperan ansiosos para escuchar a sus líderes son o muy viejos o muy jóvenes. Los viejos son de ambos sexos, aunque con un cierto predominio de mujeres. Los jóvenes también lo son de ambos sexos, pero aquí mandan los hombres. Las personas de mediana edad brillan por su ausencia, sobre todo en lo que se refiere a los hombres. Es decir, que la base de los votantes de EH, extrapolando esta muestra a todo el País Vasco, está compuesta en su mayoría por viejos irrecuperables que vivieron bajo la opresión franquista y que ni perdonan ni olvidan, y por jóvenes educados en las patrañas del nacionalismo y en las mentiras de las ikastolas. Junto al murete en el que sigo sentado, hay una mesa en la que tres jóvenes (uno de ellos está pidiendo una desinfección a gritos), claman por la abolición de la deuda externa («kanpo zorraren kontra»). Al electorado de EH, vista la poquísima atención que dispensa a estos sufridos abolicionistas, le importa un higo si hay «exceso de petrodólares en los bancos del Norte», sobre todo cuando los panfletos que se lanzan a repartir no incluyen referente alguno a los estados fascistas de España y de Francia. Ya sólo quedan diez minutos para que empiece el acto, y me mosquea la actitud de dos borrokas que pasean de un lado a otro mirando a todo el mundo, así que abandono el murete y me mezclo en la masa de la gente mayor que espera a que abran las puertas. Las conversaciones que se pueden captar en este ambiente son, en su inmensa mayoría... ¡en español! (como suele ocurrir en las zonas más prósperas del País Vasco). A mi lado, cuatro mayores hablan de fútbol, de lo mal que va el Athletic y de que, bueno, peor va la Real Sociedad. Delante de mí hay una mujer que ronda la sesentena, y uno de los hombres le toca en la espalda para llamar su atención. Ella se vuelve, me ve a mí y me dice: - «¿Qué hay, majo?» Pero el hombre le saca rápidamente del error. - «Maite, que soy yo» Y la mujer suelta una risotada: - «Anda, ya me extrañaba a mí que me hubiera llamado este joven tan majo, ¿eh? Porque mira que eres majo, ¿eh?» [Y pienso que favor que me hace usted, señora, pero a ver qué pensaría usted de lo majo que soy si supiera que soy un periodista «faxista» «de la Brunete mediática», como nos llama Arzallus.] Por fin, cinco minutos después de la hora prevista, se abre la puerta del teatro y vamos entrando, con una cierta prisa que conduce a los pisotones (¿barkatu!, perdón). Nada más rebasar la puerta, hay una mesa donde una joven nos provee de pegatinas de Euskal Herritarrok (¿bozkatu!, vota), que mis vecinos reciben alborozados («mira qué bien, pegatinas»). Seguimos por el vestíbulo y accedemos al patio de butacas (el gallinero está reservado a los técnicos de iluminación). Yo sigo a un grupo de veteranas y acabo sentado entre una mujer que me recuerda a la Pasionaria y un tipo joven de barba cerrada. El teatro está casi a oscuras, sólo el escenario está bien iluminado, lo que resalta el amarillo chilloncete del decorado que los de EH están utilizando en todos los mítines. En ese tablero, sobrio, sólo hay tres manchas. La primera, algo así como el escudo que se puede ver en el carnet de identidad abertzale y que representa a ese invento que ellos llaman «Euskal Herria». La segunda, el logo de EH y la tercera el eslogan «Euskal Herria aurrera» (País Vasco adelante). Pero más que el decorado y más que la oscuridad del teatro, lo que impresiona al entrar en la sala es la música que acompaña nuestra entrada. Es un música siniestra en la que predomina el sonido de las «piedras» (instrumento musical muy apreciado por los seguidores de la pureza de la música vasca y que produce un sonido similar al que harían dos piedras chocando entre sí). Es una música que embota los sentidos, como si fuera algo de «Enya», pero escuchado a menos revoluciones de las necesarias. Mientras el colectivo (espantoso palabro que tanto gusta a la izquierda abertzale) se sienta ordenadamente, los chicos de la prensa, haciendo gala de su derecho en el día de la Libertad de Información, toman planos del auditorio y fotografían a Ternera, Goirizelaia y Otegui. Bueno, quizá lo de ejercer su derecho en libertad no sea lo más apropiado, sobre todo cuando no distinguimos (porque los han quitado), los adhesivos que se suelen pegar a las cámaras para identificar a qué medio pertenecen. «IBARRECHE, COBARDE» Mis vecinos de asiento, incluso los de la fila de atrás, se han fijado también en el despliegue de medios y comentan en voz alta, y en correcto castellano, sus impresiones sobre los medios:
- «¿Para qué habrán venido tantos? (dice una mujer)». Va a comenzar la función. Acaba la música alienante y machacona (luego volverá), y aparece en el escenario un «txistulari» que se arranca con una melodía muy sentida que anuncia la llegada de un grupo de «dantzaris» que avanzan por el patio de butacas. Suben al escenario, dan cinco o seis vueltas y a una orden caen de rodillas mientras otro, que porta una ikurriña, la agita por encima de sus cabezas. TERNERA, EL POLÍTICO Después de semejante demostración, aparecen en las tablas dos chicas jóvenes vestidas de negro que logran arrancar la primera ovación de la tarde: - ¡Gora Euskal Herria askatu! Y la masa responde: - ¡Gora! Con un timbre chillón y desagradable, toman los micrófonos y en euskera, sólo en euskera, aleccionan al personal sobre, de nuevo, la «imposición fascista de España y Francia que no respeta los derechos ni la palabra democrática de los ciudadanos y las ciudadanas vascos y vascas». Y sin más preámbulos, el primer orador de la tarde ya está preparado para subir al escenario. - «¡Josu Urrutikoetexea!». Josu Ternera, uno de los dirigentes de Eta en los tiempos sangrientos de Vic, Zaragoza, Hipercor y hasta hace bien poco, miembro de la comisión de Derechos Humanos del Parlamento de Vitoria... ¿Recuerdan la foto del guardia civil con la cara ensangrentada que lleva entre sus brazos el cuerpo inerte de una niña? Pues al público que abarrotaba el menguado teatro de Guecho (no más de 400 butacas), no debía de importarle mucho todo aquello, porque premió la salida del líder de la construcción «demokratika» vasca con una cerrada ovación. Aunque política e informativamente, un discurso de Ternera no tiene consistencia ninguna, no podemos abstraernos de una perla soltada por el ex etarra y que fue jaleada por los votantes de EH con risas. - «He recibido en mi casa una carta con propaganda del PNV en la que dice que es mentira que a los niños se les enseñe en la escuela de mi pueblo a odiar lo español. ¡Pues eso es lo que les reprochamos!» Pues sí, queda claro. EH quiere que los niños aprendan a odiar. Sabino Arana estaría orgulloso. La segunda oradora, pequeña en importancia (mucho más desde que se sabe que sus relaciones con Otegui son gélidas), pequeña en estatura, es la cabeza de lista proetarra por Vizcaya, Jone Goirizelaia. Bueno, decididamente Dios no ha llamado a Goirizelaia por el camino de la oratoria, pero también tiene perlas (sin cultivar), como esa última arenga que suelta a sus fieles antes de descender del estrado: - «¿El trece de mayo, los ciudadanos y ciudadanas vamos a conseguir que a Mayor Oreja se le quede una expresión en la cara como la que tienen las vacas cuando ven pasar el tren!» Ovación tras ovación. Mis vecinas, sobre todo el recuerdo de la Pasionaria, están encantadas. Tienen que dolerles las palmas de las manos de tanto aplaudir.
- ¿Oso ondo! (muy bien). HOMENAJE A LOS ASESINOS Pero el nivel de alborozo de la masa abertzale que me acompaña no ha hecho sino empezar. En unos pocos minutos, el mitin político se convierte en una reunión de magia negra en un teatro siniestro, akelarre de proetarras. Se apagan las luces, y una voz chillona anuncia el homenaje a los gudaris presos (que cualquier observador imparcial conoce como los asesinos etarras). Un cañón de luz ilumina una silla colocada en la parte izquierda del escenario. Con paso vacilante, la madre de uno de los presos natales de Guecho irrumpe en escena desde las bambalinas portando una especie de candil (que se parece más a un mechero de laboratorio) en el que brilla una llama «sagrada» que representa a todos los «presos políticos» represaliados, torturados y secuestrados por los estados fascistas (ya saben, España y Francia). La mujer se sienta en la silla iluminada, pone cara de compungida y mira a la luz... ¡Ah, no! Mira al mechero con cara de incredulidad... ¡Jua! La llama se ha extinguido, y una pequeña columna de humo, como cuando se apaga una vela, sube ratificando que los etarras se han quedado sin luz. Pero nadie se molesta en subir al escenario para encender de nuevo el candilito. Da igual. Lo importante es que por los altavoces empieza a salir una música pretendidamente heroica mientras en una pequeña pantalla van apareciendo los nombres y las caras de los etarras (asesinos y colaboradores) nacidos y criados en la localidad. Y aquí es cuando el teatro, y con la mayor objetividad posible lo escribimos, se convirtió en un lugar siniestro. Con los pelos de punta y con el corazón al galope, asistimos a una ovación brutal que aquel público entregado tributó a todos y cada uno de los etarras. Una de las más ovacionadas (porque había etarras que merecían más que otras), es Inratxu Gallastegui, nacida en Bilbao, criada en Berango (a escasa distancia de Guecho), miembro del comando Donosti, detenida en París, encarcelada en Francia y presunta y cobarde asesina del concejal popular Miguel Ángel Blanco. El teatro está viviendo el mejor momento de la tarde. El joven sentado a mi izquierda ruge de admiración con cada nombre que aparece al lado del logo de Gestoras. Con el rabillo del ojo le veo incorporarse de su asiento para aplaudir con más fuerza. Dos filas más adelante, un niño de no más de diez años de edad bota entusiasmado. Una de mis vecinas (creo que la que llamó «cobarde» a Ibarreche), grita «¡valientes, valientes!». Alguien ha subido todavía más la música que pretende ser heroica. Los borrokas, desde la parte de atrás, comienzan a gritar: «Presoak kalera, amnistia osoa» (Libertad para los presos, amnistía ahora). La música, las ovaciones, las fotos de los asesinos, la oscuridad del teatro, el cañón de luz que ilumina a la madre del preso que sigue mirando con cara compungida el mechero apagado, los cánticos rotundos de los borrokas de «Haika», mis vecinas de asiento gritando «¡valientes!», mi vecino de la izquierda medio incorporado que aprieta las mandíbulas en un ejercicio de admiración y esfuerzo, el chavalito que bota en su asiento dos filas más adelante... ¿De dónde han salido? ¿Cómo han logrado sobrevivir a su propio odio? SOCIOS DEL PNV Quizá la respuesta está en que estos son los mismos que hace un par de años pactaron Lizarra con el PNV y elevaron a Ibarreche a la presidencia. El último de los asesinos aparece en la pantalla y el teatro vuelve a iluminarse. Hemos llegado al ecuador de la misa negra abertzale, es el momento de la colecta, que con las ovaciones no se pagan la defensa de los asesinos ni el tabaco que fuman en la cárcel. De inmediato, una veintena de personas toman el pasillo armadas con unas bolsas verdes y las van repartiendo por filas. Los abertzales empiezan a rascarse el bolsillo. En pocos minutos, todo el mundo en el teatro (menos el que esto escribe, que sólo introdujo la mano en la bolsa en ademán), ha pasado por la caja de Gestoras Pro-Amnistía. Y es curioso (y, por supuesto, una mera coincidencia) pero mientras el tintinear de las monedas se hace dueño del teatro, aparece en el escenario Arnaldo Otegui, líder de Euskal Herritarrok, impulsor del pacto de Estella y ex etarra convicto y confeso. «DEMOKRAZIA» Después de haber vivido en directo la demostración definitiva de la identificación rotunda de EH con Eta, causa estupor (y una cierta bilis venenosa), oír a Otegui mencionar la palabra «democracia» al menos 35 veces en tan sólo 15 minutos. Pero al público, se nota, se siente, le gusta Arnaldo, le gusta incluso aunque se repita como el ajo (el chistecito que cuenta: «¿sabéis por qué el PNV ha puesto las elecciones el 13 de mayo, el día de la Virgen? Pues porque le piden eso de virgencita, virgencita, que me quede como estoy; se lo hemos oído ya unas cuantas veces). Sin embargo, y más allá de los mensajes prototípicos (democracia, construcción nacional, dar la palabra al pueblo) con los que Otegui se despacha en cada acto, el pasado jueves asistimos a una calentada de boca que, cuanto menos (y por mucho menos), sería motivo de querella instantánea en cualquier país democrático. Ocurrió cuando Arnaldo Otegui, hablando del lendakari Ibarreche, comentó: - «Ibarreche dice que no hay nada que hablar ahora ya que hay un escenario de violencia. Y nosotros le preguntamos: ¿de qué violencia está hablando? ¿De la violencia de la Guardia Civil, que cuando, acompañada de sus amigos de la Ertzaintza, detienen a una patriota vasca y le llevan al cuartel o a la comisaría el único derecho que tiene es el de elegir con qué quiere ser violada, con el cañón de una pistola o con un palo de madera?» Y así, entre otras lindezas («si el PNV no acepta nuestra propuesta habrá más sufrimiento, más dolor»), Otegui se hizo con el mando de la situación. Cuando terminó, alzó el puño y gritó: «Gora Euskal Herria askatu» y el «¡Gora!» que le devolvió su público fue de órdago. Como fin de fiesta, la organización había reservado la actuación de un coro de la localidad. Despacito, y entre aplausos, fueron subiendo al escenario los integrantes del pequeño orfeón que deleitaron al personal con un par de canciones tradicionales, bellísimas. Pero el coro tiene una misión mucho más importante: dirigir la canción final, el himno al soldado vasco («Eusko Gudariak»); una pieza tradicional dentro del nacionalismo y que es cantada tanto por Arzallus como por Otegui, sin más distinciones que saber en quién están pensando cuando la cantan. La misma chica de la voz chillona toma el micrófono y anuncia que todo el mundo de pie, y así lo hacemos, sumisos, obedientes. Y ahora... todos con el puño levantado, y todos lo hacen (menos unos pocos mayores, presumiblemente por problemas de artrosis), y todos cantamos (REPORTER también, que se aprendió la canción hace un tiempo, por si las moscas): «Eusko Gudariak gara, euskadi askatzeko» (somos los soldados vascos, defensores de Euskadi...) ¡Bravo! La gente aplaude de nuevo hasta el paroxismo mientras varios esforzados borrokillas del comité de seguridad de los actos públicos abre las puertas del teatro y así, por fin, entra algo de aire fresco. Salimos ordenadamente. La gente se queda en la puerta, comentando la jugada, y las frases que se oyen ponen los pelos de punta tanto o más que las ovaciones a los asesinos: «qué bien ha estado», «tenemos que ganar», «esto va pa lante, pa lante». Y en esas me topo de nuevo con la mujer que a la entrada del teatro me llamó mil veces majo y que me pregunta:
- «¿Qué tal, majo?» Y entonces me acerco un poco más a ella, para que no me oigan los de al lado, y así, en un susurro, le digo: - «A mí no me gusta aplaudir a los de Eta». Y ella responde, sin escandalizarse, como si fuera una madre: - «Bueeeno, bueeeeno. Tú eres muy joven, pero piensa que son gudaris, ellos luchan por nosotros. Anda, majo». No nos decimos más y así me despisto entre las calles para volver a Bilbao. Con este último mitin, REPORTER puede decir que ha estado en actos de todas las formaciones políticas de cierto peso y hemos hablado con políticos de todas los partidos (a excepción de EH) que están en la carrera electoral vasca. Algunas veces nos hemos aburrido, otras nos hemos desesperado, las menos hemos disfrutado. A lo que nunca habíamos asistido, por lo menos hasta el pasado jueves en un pequeño teatro, casi un cine de barrio desvencijado de la localidad de Guecho, es a un mitin siniestro. Una reunión de locos que aplauden a unos líderes que anuncian «más dolor y sufrimiento» y que ovacionan a los asesinos. (*) Publicado en el suplemento REPORTER del diario La Razón |