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Octubre de 2008 |
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33-CARTA DE MI BISNIETA (Jesús)
Ya me había dicho mi bisnieta que tenía intención de escribir un libro que giraría en torno a lo que fue la vida de Jesús de Nazaret, y por lo que me dice en esta nueva carta, parece ser que está tomando el camino correcto. Según me cuenta, se está informando muy bien, a través de distintas fuentes, de lo que pudo ser la vida de uno de los hombres que con menos medios consiguió más cosas a lo largo de su corta vida, y parece ser que mi bisnieta está descubriendo lo mismo que ya han descubierto todos aquéllos que han querido profundizar en la vida de Jesús, y que para conseguirlo han buscado en los más diversos libros, y han tenido en cuenta algo más de lo que férreamente marcan los dogmas de las religiones cristianas. Es necesario tener presente que Jesús no sólo aparece en los Evangelios o la Biblia, sino que también aparece, como un respetado profeta, en el Corán, y, de algún modo, igualmente ha sido aceptado por los practicantes del bahaísmo y también del hinduismo, quienes sostienen que las bienaventuranzas, la predicación y la no violencia de Jesús coinciden exactamente con las bases de su religión. Efectivamente, y a mi entender, Jesús fue un hombre indiscutiblemente especial, cuyos sencillos actos han permanecido en la historia a través de los siglos, y creo que ha quedado demostrado que han servido como ejemplo de bondad y bien hacer para centenares de millones de personas de todo el mundo y de la mayor parte de todas las religiones. Sé que mi bisnieta conseguirá elaborar un buen libro. Ésta es su carta.
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Y ahora que lo pienso, es curioso comprobar de qué modo todas las civilizaciones tienen sus Parcas. Los griegos las llamaron Moiras (aunque en realidad habría que decir Miras, para ser estrictos), y las tres tenían sus nombres: Cloto, Láquesis y Átropos. Y otro tanto podría decirse de los hindúes que, aunque desde distintos puntos de vista, también generaron sus Parcas llamándolas Vishnú, Brahma y Shiva. En realidad todos hemos asumido muy bien (¡qué remedio!) que nuestro destino apunta a que debemos nacer, vivir y morir, pero lo cierto es que las cosas no parecen ser como creemos. La tercera Parca, la que corta el hilo, hay veces que falla y a partir de ese momento las cosas empiezan a no ser como debieran... Dejando aparte mi particular situación (no conozco a nadie más en mi estado), recuerdo muy bien algo que, hace ya muchos años, levantó cierto revuelo en mi pueblo. Por aquel entonces la cuadra donde se guardaban los machos estaba dentro de las propias casas, y solía ubicarse en una estancia de la planta baja, en cuya planta, junto a la cuadra, estaban también la cocina y la estufa (para aclararnos hay que decir que lo que entonces era la estufa ahora se llama salón). Pues bien, una noche, en una de aquellas casas, un vecino se despertó en su cama oyendo ruidos a altas horas de la madrugada. Cuando escuchó bien, se dio cuenta de que eran los machos que, por algún motivo, estaban alterados. Aquella primera noche no le dio demasiada importancia, pero aun así bajó desde su habitación para comprobar qué ocurría, y el hombre sólo detectó cierta intranquilidad en los animales. Por la mañana, al uncir los machos para ir a las tierras, se dio cuenta de que uno de ellos estaba especialmente débil. La noche siguiente volvió a despertarse y nuevamente oyó los mismos ruidos en la cuadra. En aquella ocasión bajó a toda prisa y se encontró con que el macho que durante todo el día había mostrado debilidad, estaba tumbado y muy agitado. Le masajeó el pescuezo y le acercó al hocico un caldero con agua. El animal, aunque febril, pareció recuperarse un poco, pero aquel día no pudo trabajar. Su debilidad había aumentado considerablemente. La tercera noche el hombre decidió coger un candil y quedarse en la cuadra para vigilar al macho. Serían las tres de la madrugada cuando oyó un ruido que venía de la entrada de la casa y, acto seguido, el chirriar de los goznes al abrirse lentamente la puerta de la calle. El hombre, nervioso, se escondió detrás de unos sacos de cebada y cogió un hocino bien afilado mientras miraba hacia la puerta de la cuadra. Los machos empezaron a manifestar agitación. La débil luz del candil iluminaba la cuadra lo suficiente para poder ver cómo la puerta se abría despacio, muy despacio, y, poco a poco, desde el oscuro hueco creciente que se abría entre el marco y la puerta, fue surgiendo, lentamente, la figura de un galgo negro que miraba al macho enfermo con unos ojos que parecían centellear. Sin pensárselo dos veces, el hombre lanzó el hocino contra el galgo acertándole en la pata delantera izquierda, y el perro, después de un largo y tremendo aullido, echó a correr, cojeando, y salió de la casa como alma que lleva el diablo. Eso fue lo que al día siguiente contó el hombre en mi tienda mientras nos tomábamos unas copitas de aguardiente, y al cabo de un rato, cuando salimos a la puerta, vimos que pasaba por allí la tía Fusica, una mujer mayor que no hacía mucho que había llegado al pueblo. La tía Fusica nos miró con su mirada torva de siempre, mientras iba renqueando con su encorvada figura, con su extrema delgadez, con sus faldones negros y... ¡con el brazo izquierdo en cabestrillo! Ya sé que todos estos cuentos parecen cosas de catetos, pero lo cierto es que la tía Fusica aquel mismo día desapareció del pueblo, el macho se recuperó, y se dice que vivió más años que ningún otro. Es más, su dueño acabó vendiéndolo y se sabe de buena tinta que después fue revendido muchas más veces, por muchos más pueblos, sin tener noticias de que finalmente muriese. Y es que cuando la Parca falla... Y si no, mírenme a mí. Para debatir sobre el tema, pulse aquí 31-CARTA DE MI BISNIETA (STONEHENGE)
En esta ocasión mi bisnieta se ha ido a Inglaterra, posiblemente para recrear aquel enigmático y lejano principio de Stonehenge, quizá iniciado por el misterioso arquero de Amesbury -el de los aros de oro y los cuchillos de cobre-, de quien unos dicen que viajó desde lo más recóndito de los Alpes para curarse de una grave herida en una rodilla, aunque, por lo que se cuenta ahora, hay otros que aseguran que fue precisamente el arquero en cuestión quien más tuvo que ver con la creación de esta curiosa construcción megalítica. Parece ser que Stonehenge, desde su inicio, y lo construyese quien lo construyese, fue considerado una especie de santuario donde acudían gentes de todo lugar para que sus piedras mágicas les ayudasen a alcanzar curaciones imposibles. Muy interesante; casi como sucede ahora con Lourdes... Y precisamente allí, en Stonehenge, ha estado mi bisnieta... Ay, cuánto me gustaría haber ido también yo... Pero, en fin, tendré que conformarme con lo que ella me cuenta. Aunque lo cierto es que tampoco es que me importe de un modo especial, porque tengo que reconocer que me encanta que me escriba y me cuente todas esas cosas que ve por ahí. Ésta es su carta:
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