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Junio de 2009 |
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55-EL MAR
Como ya he dicho en muchas ocasiones, nací y viví en un pequeño pueblo de la Castilla más profunda, y allí jamás hubo mar, ni siquiera en los lejanos tiempos de Pangea, por tanto, y a falta de fotos suficientemente fieles, sólo tenía del mar una idea ciertamente vaga. Bastante agua -salada, decían- y algo que llamaban olas, cuyo concepto no acababa yo de imaginarme del todo. La cuestión fue que después de casarnos, ambos vestidos de negro como dictaban las costumbres, mi hermano Saturnino nos llevó en carro hasta la estación de ferrocarril más próxima, muy cerca de la ciudad, que distaba ocho leguas del pueblo, y allí nos dejó con nuestra maleta de madera, de esquinas protegidas con chapa claveteada, y convenientemente atada con una correa de cuero para evitar una apertura accidental o malintencionada. Esperamos cerca de tres horas hasta que cogimos nuestro tren. Menos mal que llevábamos un par de fiambreras que, cautamente, había preparado mi Sofía por si las moscas, y merced a una de esas fiambreras pudimos entretener algo el tiempo y, cómo no, también nuestros estómagos durante la espera. Como es natural hicimos el viaje en tercera, y de ese modo pudimos disfrutar de aquellos incómodos asientos de listones de madera, que parecían hechos más para acomodar petates que para sentar personas. Después de doce largas horas por fin llegamos a San Sebastián, justo cuando amanecía. Y si nos decidimos por ir a esas tierras, no fue por casualidad sino gracias a que nos había invitado un matrimonio pariente nuestro, del pueblo, que unos años antes, cansados de segar, decidieron emigrar precisamente a San Sebastián para montar allí una carbonería. Como estábamos tronzados de semejante viaje, de inmediato nos metimos en la cama que los parientes nos habían preparado en su casa, y, a fuer de ser sincero, lo cierto es que nos dormimos al instante a pesar de nuestra recientísima consumación de los esponsales, por lo que el tálamo, en vez de nupcial, fue meramente sobador, pero no de carnal sobar sino de angelical dormir. Nos despertamos al atardecer, y me van a disculpar pero prefiero evitar los detalles que hubo entre el despertar y el momento de salir de la alcoba para dar un paseo por San Sebastián. Como es natural los parientes vivían cerca del puerto, en la zona vieja, y todo su interés estaba en llevarnos al nuevo y elegante ensanche de Cortázar. Hay que reconocer que me sorprendieron aquellos grandiosos, nuevos y elegantes edificios tan diferentes a nuestras sencillas y viejas casas de adobe, pero lo que más me sorprendió fue el mar. Inmensamente grande, de un tamaño tal que jamás hubiera imaginado que algo podía ser tan extenso. Por un momento intenté calcular cuánta agua habría allí imaginándome el volumen de las parvas de grano, pero en seguida me rendí. Aquello era imposible de medir. Bajamos a la playa y vimos las olas de cerca. Me pareció absurdo. Cómo era posible que viniese el agua con aquella fuerza partiendo de un mar en calma… Porque unos metros más allá de donde se formaban las olas, y hasta el infinito, el agua estaba inmóvil, entonces, ¿por qué se desataba esa fuerza en la orilla? No podía entenderlo. Cogí un poco de agua con las manos y me pareció agua de lo más normal aunque me habían dicho que era salada. La probé y… ¡Dios! Aquello era pura salmuera. Miré de nuevo hacia el horizonte a la vez que me secaba las manos en el pantalón de pana y traté de imaginar cuántas leguas habría hasta el fin de aquella inmensa distancia. Infinitas, pensé mientras paseaba por la orilla con mi Sofía, cogidos del brazo. Nuestros parientes, junto a nosotros, nos miraban divertidos al darse cuenta de nuestra estupefacción. Los siete días que estuvimos en San Sebastián, sin fallar uno, mi Sofía y yo fuimos a la playa a ver el mar, un impresionante mar, un gigantesco mar en calma, cuyas minúsculas orillas, insignificantes comparadas con el inmenso mar, mostraban una casi constante agitación, y eso que todo ello estaba formado por las mismas aguas. Curiosamente, a día de hoy, el mar sigue siendo exactamente igual en San Sebastián. Y mi pueblo también. Para debatir sobre el tema, pulse aquí 54-¿QUÉ SE SIENTE AL MORIR?
Hace un par de días de pronto me vino a la mente y ahora contaré cómo sucedió, aunque sólo recuerdo perfectamente los minutos anteriores y posteriores al momento en cuestión. Espero, con el tiempo, seguir recordando. Resulta que yo estaba en una estancia que daba directamente a un jardín cubierto de cristales por arriba y por los lados, como si se tratase de un invernadero. Pero la estancia no se comunicaba con el jardín a través de una puerta o una ventana, sino que, sencillamente, la pared que debía separar la estancia del jardín no existía. Jardín y estancia formaban un todo, aunque sus ambientes eran rotundamente independientes. Conmigo, en aquella estancia, había una mujer desconocida para mí (al menos ahora no tengo conciencia de quién se trataba), y la situación era de tensión y prisa por hacer algo que, a todas luces, era inevitable. Interpreto mi recuerdo como de máxima urgencia, igual que si estuviese a punto de llegar alguien que al entrar allí debía encontrarlo todo hecho. Lo que había que hacer, lo inevitable, era que la mujer tenía que dispararme en la cabeza. Ella no quería, aunque yo sabía muy bien que, en el fondo, ella -igual que yo- lo consideraba imprescindible. Yo mismo le di el revólver, cargado y amartillado, y la animé para que disparase lo antes posible. Ella me apuntó a la zona izquierda del frontal, a unos cincuenta centímetros de mi cabeza, y yo cerré los ojos esperando un momento que, debido a su indecisión, no acababa de llegar. Los abrí de nuevo y la animé con determinación. Un segundo después ocurrió. ¿Qué se siente al morir? Pues algo ni demasiado espectacular ni demasiado traumático, y por supuesto nada doloroso, al menos de un disparo en la cabeza. Podría describir la sensación como de una explosión de luz, sin ruido y en absoluto desagradable. Se siente cierto calor y, por supuesto, aunque sigues ahí, no puedes mover un solo músculo, pero tampoco te preocupa. Recuerdo muy bien mi interés por saber si la bala se había quedado dentro o si había orificio de salida, y se lo pregunté a ella. Curiosamente, y aunque carece de toda lógica, me respondió. Me dijo que la parte de atrás de la cabeza estaba destrozada. Justo en ese momento noté cómo se salía por ahí parte de la masa encefálica… Y no recuerdo más, pero puedo asegurar que eso de morir no es tan preocupante. Se lo dice a ustedes uno que nació en 1884. Para debatir sobre el tema, pulse aquí 53-LA MAYORÍA DE EDAD
Aunque me parece una auténtica aberración, es evidente que no queda más remedio que poner un límite para definir el momento exacto en que se llega a la madurez intelectual y a la sensatez, y si, a mi entender, las personas que tienen 25 años (yo también los tuve) no están especialmente maduras para saber lo que realmente quieren, ¿qué decir de las que tienen 18? Ya sé que esto que digo puede provocar sarpullidos a los más "progresistas" (permítaseme entrecomillar la estupidez), pero hay que reconocer que es una verdad como un templo de grande, de cuya verdad -os lo aseguro- todos acabamos percatándonos después de cumplir los cuarenta. No hay nadie de cuarenta años que recuerde sus dieciocho como el paradigma del buen entender y de la más aconsejable sensatez, y a buen seguro que la inmensa mayoría, si pudiese volver a vivirlos, cambiaría la mayor parte de lo que entonces consideraba acertadísimas decisiones. Menos mal que los políticos nunca se aprovechan de la candidez de la juventud para su propio beneficio, porque si lo hiciesen apañados iríamos... Para debatir sobre el tema, pulse aquí 52-EL ESPACIO DEL AMOR
Resulta que estaba moviéndome por no sé qué cableados o wifis de los que tanto abundan, cuando de pronto y sin pretenderlo me encontré en un medio totalmente extraño para mí. Los tonos de color que me rodeaban podrían definirse como de un beige anaranjado, y todo a mi alrededor se mostraba sencillo aunque al mismo tiempo daba la impresión de ser seguro, muy seguro. UBUNTU, leí, y la verdad es que me sonó a africano. Eché un vistazo por ahí para saber lo que significaba y efectivamente comprobé que proviene de un idioma de la zona sur de África y que tiene numerosos significados, aunque la verdad es que yo simplificaría todas esas acepciones con una sola palabra: AMOR, en el más extenso sentido del término. Bueno, a lo que iba… Resulta que, sin saber por qué, aquel entorno Windows por el que estaba acostumbrado a moverme había desaparecido, y ahora me encontraba en otro con ciertas similitudes, aunque claramente distinto, llamado Ubuntu. A pesar de que me sentía extraño allí, la verdad es que al mismo tiempo tenía la curiosa sensación de encontrarme como en casa. Nada había amenazante en aquel lugar, todo era fácil y rápido, y, al contrario que en Windows, no me sentía vigilado ni controlado por nadie. Después de -hasta cierto punto- asimilar la nueva situación, decidí darme una vuelta por el lugar para ver qué encontraba, y descubrí que, básicamente, había las mismas cosas a las que estaba acostumbrado, con la particularidad de que podía disponer o no disponer de ellas a voluntad. Si me interesaba algo, sólo había que ir a un inmenso listado, elegirlo y allí aparecía en toda su plenitud, y si dejaba de interesarme, con un solo gesto desaparecía totalmente, aunque, curiosamente, seguía permaneciendo en el listado. La verdad es que me pareció un entorno muy interesante. Y lo cierto es que más interesante me pareció aún cuando abrí una puerta y vi... ¡que el mundo de Windows estaba al otro lado! Allí estaba Windows, completo, aunque extrañamente inmóvil. Entré con ciertas precauciones y pude comprobar que podía moverme por él e incluso aprovechar su información, sin que Windows se enterase y sin que nadie pudiera evitarlo. Realmente curioso. Una gran experiencia. El problema surgió en un instante y, sin poder imaginar el porqué de todo aquello, sentí que el mundo se convertía en una locura. Vi que el espacio se encogía y se ensanchaba sin sentido, que las cosas funcionaban y dejaban de funcionar, que el espacio desaparecía literalmente... para volver a aparecer de nuevo en correcto funcionamiento. Incluso el espacio-tiempo se vio afectado por aquello (de ahí que haya tardado tanto en volver al blog). Hasta que por fin, después de incontables idas y venidas, expansiones y contracciones, luces y tinieblas… logré descubrir lo que había sucedido. Sé que os parecerá una gilipollez pero lo voy a contar como lo viví. Si el espacio reservado para el AMOR se queda corto porque en su momento no supiste darle más, no pretendas nunca estirarlo ni encogerlo, simplemente vete a Windows, abre el Partition Magic, elimina ese espacio que dedicaste al amor y dáselo de nuevo a Windows. Después reinicia, vuelve a llamar al amor y -esta vez sí- procúrale todo el espacio que se merece. Lo que yo decía: Una gilipollez. Para debatir sobre el tema, pulse aquí |
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