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Marzo de 2009 |
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51-EL REY NEGRO
Su afición principal -aparte de la matanza- era la caza, y, como buen cazador, era habitual verle regresar del campo con el pantalón de pana ensangrentado a causa de las liebres y perdices -bien perdigonadas- que siempre llevaba colgando de su canana. "Ave que vuela a la cazuela, y liebre que salta también", solía decir mientras expulsaba entre sus dientes amarillos densas bocanadas de humo, unas bocanadas de humo que se mezclaban en el aire con las nítidas y bien dibujadas volutas azules que salían de la brasa del consabido puro habano. La cuestión es que justo el día de los Reyes Magos, el Claudio, sin hacer mucho caso de la veda, se fue a cazar de madrugada, y a su regreso, con el cinturón lleno de perdices algo escuálidas, se pasó por mi tienda para tomarse una copa de aguardiente. La sangre de las aves goteaba sobre el suelo de la tienda y la verdad es que aquello no me hacía ninguna gracia; mi Sofía, como siempre, tendría que fregarlo bien. Después de la tercera copa de aguardiente oímos una chiquillería, como loca de contenta, que se acercaba a mi local. Los chicos querían enseñar las pocas cosillas que les habían traído los Reyes Magos y también buscaban recibir cada uno de ellos las correspondientes bolas de anís que siempre me gustaba regalarles. Por aquel entonces las cosas no iban demasiado bien, y los chicos, para Reyes, se conformaban con las golosinas de entonces: Almendras garrapiñadas, piñones azucarados, peladillas... aunque los más pudientes también solían recibir nada más y nada menos que una naranja, fruta muy codiciada en aquellos tiempos en la Castilla más profunda. Entre los chicos destacaba -cómo no- el hijo del Claudio, y el zagal, aparte de las garrapiñadas, las peladillas y la naranja, también presumía de un pequeño carro de juguete, hecho en madera, pero sobre todo se enorgullecía sobremanera de un colgante con una bala del calibre 7,62 que ostentaba sobre su pecho. El Claudio me miró y me guiñó un ojo, orgulloso. Yo me dirigí al muchacho -¡qué culpa tendría él!- y le dije que los Reyes Magos le habían traído unas cosas muy elegantes, pero, por supuesto, no olvidé decírselo también a los demás. "A mí me lo ha traído Melchor", decían unos; "a mí me lo ha traído Gaspar", decían otros, y al hijo del Claudio le pregunté: "¿Y a ti quién te lo ha traído?", a mí -me respondió- me lo ha traído "el rey negro", que lo vi ayer en la cabalgata. Entonces recordé la humilde cabalgata de la noche anterior... Con qué poco se conformaban los niños... Sonreí para mis adentros recordando la cara tiznada con un palo quemado que le pusieron al Daniel para que hiciese de "rey negro", un pobre hombre que todos los años disfrutaba con sus faldones y su turbante hasta el punto de creerse una auténtica majestad, aunque cuando se quitaba el disfraz, su trabajo solía consistir en ir de ojeador con el Claudio para espantar las liebres y las perdices, con el fin de ponérselas delante de la escopeta al concejal, para matarlas... El "rey negro"... Qué bonita es la ingenua ilusión de un niño... Qué bonito es ser niño... Para debatir sobre el tema, pulse aquí
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